No quería contarle demasiado.
Ella, sin embargo se permitía fantasear con su destino.
Para dormir, no necesitaba pastillas. Ni tampoco que le contaran un cuento. Ni siquiera necesitaba sexo, que mal no le vendría. Lo único que hacía era imaginar el mar, sin nubes, sin barcos, sin sol, sin horizonte. Sólo el mar. Perderse en cada ola, en cada pequeña montaña de agua. Y así se relajaba al dormir.
Luego se desvanecía y abría la puerta hacía el más allá.
Al cerrarla estaba en un cuarto, con gente desconocida. En medio de una fiesta, sin saber quién era el agasajado. No tenía suerte para descansar. Primero había pensado el mar, y ahora estaba en una fiesta llena de música fuerte y gente desconocida. Por más que se tapara los oídos, la música la escuchaba. No sabía bien qué era, pero le molestaba.
En su vestido había estampada una imagen de la última condesa de Bulgaria, y su corte de pelo estaba acorde a su figura.
Ahora, como atravezando una barrera de tiempo, como viajando a través del espacio, se hallaba en un bosque. La perseguía un león, o un pájaro maldito. No lo sabía, porque no se había animado a mirar hacia atrás. Sólo sabía que corría de aquel lugar. Eso duró demasiado tiempo. Trepó árboles, nado mares, y le tocó el turno de despertar.
Su hoja había quedado escrita y la firmó con su seudónimo: Michel, hasta la próxima semana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario