Ella y su vestido rojo habían sido los testigos de una despedida. Reianamill se lo había confesado y no podía creerlo. ¿Estaría vivo todavía? Sus lágrimas brotaban de la comisura de sus ojos, mojaban el rostro desesperado y el grito apagado en la habitación la ahogaban.
¿Había vuelta atrás? El presente tenía rastros de sangre, manchas de color brea, otros tantos rubí. Ella imploraba en silencio y se abrazaba a sí misma.
Por la ventana entraba la luz azul de la noche. El aire frío y su respiración a vapor eran el único motor funcionando para mantenerla con vida. Contemplaba el momento vacío de aquella muerte inminente, totalmente ajena a la situación, impotente, era imposible evitarla. La distancia hacía que las cosas fueran aún más difíciles, no más fáciles. Su trastorno obsesivo compulsivo la dejaban al borde de un avismo de nervios, sensación de descontrol y conductas, que para su repertorio, eran paranormales.
La carta rezaba: "Hasta que la muerte nos separe".
Ella no entendía. Reianamill se había ido aquella tarde sin explicaciones. Aunque sabía que la discución del día anterior podía haber tenido causas para ese efecto. ¿Y ahora cómo podía hacer que vuelva?
Su aniversario en soledad, su vestido rojo, el preferido, la casa cerrada, todo en perfecto orden milimétrico, las velas sobre la mesa, consumiéndose, mientras la cena fría hace horas se llenaba de moscas. El vestido rojo, que alguna vez lo había cautivado, con el que había bailado, y del que nunca había podido desprenderse, pasados los 20 años.
¿Hasta que la muerte nos separe?
La sensación de pánico, de vértigo que le producía salir de su casa, llevar a cabo su ritual...tardaría horas...era imposible salvarlo ya. Y si no hacía el ritual, entonces todo sería más grave, no sólo sufriría él, sino otras personas, a quienes tenía en mente todo el tiempo. No podía hacerlo así nomás. Los actos requerían perfección absoluta, sino se debía volver a comenzar. Primero, cortó su muñeca izquierda, luego la derecha, se curó con alcohol y se secó primero la izquierda y luego la derecha... las manchas de sangre no eran parejas. Repitió el ritual unas 20 veces.
Reianamill golpeaba la puerta y ella no escuchaba, ya no más. Por fin...

Hasta que la muerte o la locura ¡O la cordura! nos separen.
ResponderEliminarPuedo imaginar a las personas que no encuentran remedio a cualquier eventualidad o "eternalidad" que les ahoga hasta poder con ellos; la única solución, en lugar de poner fin al problema, es poner fin a ellos mismos. Son muy valientes.
Abrazos y buen fin de semana, Gastón.
No creo que la puerta que ofrece el suicidio sea una buena salida, pero entiendo que haya quienes en medio de una gran desesperación, así lo crean.
ResponderEliminarun abrazo.
Hasta la muerte...locura...jajaja... La puerta que ofrece el suicidio es la misma que ofrece la muerte que nos espera más adelante...salvo que adelantamos el proceso... pero bueno, dicen que es la salida fácil... cuando no todos lo hacen. Tema para debatir no? besos a las dos!
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