La verdad, jamás estuvo bien. Desde que conoció el desamor, la partida de su padre, la separación de sus padres... eso le afectó demasiado sin saberlo. Y nunca lo supo, hasta que lo creyó a partir de un sueño que apresuradamente hacía realidad.
Ella malgastaba su tiempo con infelicez, con personas que no le hacían nada bien. Era divino el placer sexual, pero nunca alcanzaban a enamorarse. Ella siempre iba, de aquí para allá, rebotando entre los hombres, sin saber qué querer más que amar a cualquiera que le hiciera sentir lo mismo que la partida de su padre.
Repitió esta conducta durante años, sin poder tratar de dar pie con bola.
La verdad es que al final se miraba al espejo, creyéndose repulsiva, alejadora de los hombres, un mamarracho, un carlitos. Pero sabía que la tenía clara, más o menos. Aceptaba siempre lo mismo, a cambio de nada. Le gustaban los hombres jóvenes, de a ratos, para sentirse grande y algunas veces los hombres mayores, los que duplicaban su edad o la triplicaban.
El secreto de sus ojos no existía. Su intenso dolor nunca se desvaneció. Jamás volvió a ver a su padre, el comandante Raks, que se alejó de su madre por seguir a Michel.
No comprendió absolutamente nada, y su hermano menor acompañó su mismo dolor durante años. Aunque no ofreciéndose como ella, él trataba de ser lo más estúpido posible para no esforzarse nunca en ser como él lo fue.
Bajo la almohada, una enciclopedia de hombres quedó dibujada en la sábana de Reianamil.
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