MI BIBLIOTECA

MI BIBLIOTECA
Descubrí la lectura para todos tus días! Haciendo Clic en la imagen podrás elegir entre más de 50 libros para leer!

viernes, 31 de julio de 2009

Otro adelanto de la novela "DEJA ZER".

CAPITULO 2:

Era un día hermoso, como ningún otro. El sol brillaba triunfante sobre los edificios iluminando por completo la ciudad, donde todos sus habitantes sobrevivían al mal tiempo económico reciente.

Ezequiel se había levantado varias veces a la madrugada, sin poder conciliar totalmente el sueño. Eso era extraño en él porque siempre dormía profundamente. La noche anterior había leído un libro sobre una enfermedad conocida como sueño blanco, esa que padecen aquellos que conducen durante muchas horas y se duermen y siguen manejando su automóvil inconscientemente. Una extraña enfermedad recién descubierta por algunas personas encargadas del tránsito. Así suceden la gran mayoría de los accidentes en las rutas, por la noche. Y al no conciliar el sueño comenzó a desesperar, pensando en que tenía algunos síntomas de esa enfermedad. Le sucedía siempre lo mismo, leía un par de revistas científicas y enseguida se investigaba él mismo tratando de descubrir si padecía esas molestias. Siempre investigaba a solas, sin publicar nada. Sólo con él mismo, todo el tiempo. Se decía constantemente que no hay mejor investigación que la que uno hace consigo mismo. Someterse a los propios experimentos y sufrir todas las consecuencias y efectos secundarios para que el trabajo sea más real y productivo.

Al levantarse de la cama y notar que era casi mediodía, sin desesperar se preparó un café bien caliente y sacó de una bolsa unos bocadillos dulces para arrancar su día con mucha energía. Al tener todo listo, tomó la taza y el plato con su desayuno y bajó al sótano, donde estaban las cosas que nunca usaban en la casa.

Al llegar abajo apoyó la taza y el plato en una mesa limpia donde se encontraban un cuaderno con hojas en un tono blanco ahuesado y un tarro repleto de lapiceras, algunas ya usadas, otras nuevas y otras totalmente vacías que sólo ocupaban el espacio de otras que realmente necesitaban estar ahí, pero prefería conservarlas, porque ya habían dejado algunas historias importantes y también porque le gustaba mucho las formas que tenían. Eran un recuerdo raro, pero lindo, pensaba cuando decidía no sacarlas de allí. En el sótano, aparte de la mesa, en un rincón se encontraba una estantería llena de cuadernos iguales a ese, ya escritos en algún momento. Una copia de un cuadro lleno de polvo de la última cena y debajo un jarrón con flores de plástico que hubieran quedado ridículas en el vestíbulo de su casa. Sobre otro costado un montón de basura apilada en cajas polvorientas. El lugar por el que él transitaba siempre estaba despejado de todo polvillo. Para él era innecesario limpiar toda la habitación si solamente se usaba una parte. Cuando se sentó en su silla, y luego de un gran sorbo de café, tomó la lapicera y escribió:

Hoy desperté raro. Como si supiera que mi vida iba a cambiar.

La conversación que tuve hace una semana exactamente con una de mis pacientes me dejó pensando. Sofía, una mujer joven, drogadicta e hipocondríaca, una mujer que vive temiéndole a todo me comentó algo que me dejó pensando por un momento. Ayer fue la primera sesión que hablamos sobre su hermano, un tipo con problemas bastante graves, que prefiero no recordar, porque creo que no viene al caso por el momento. Ella al comentar de la vida de Santiago, su hermano, nombró un hecho importante para él y extraño y novedoso para mí. Todos sus problemas los había solucionado con un método que él mismo había inventado. Aparentemente su hermano jugaba al ajedrez cada vez que tenía algún problema, y lo que más llamó mi atención es que no jugaba contra oponente alguno sino que su método consistía en ordenar las piezas cada una en su correspondiente lugar y jugar durante horas, solo, en absoluta soledad. Le asignaba a cada ficha un valor o emoción o problema, anotaba cada movimiento y cada uno tenía su significado. Así iba acomodándose su realidad. Era una especie de ritual. No me dijo nada más porque el tiempo de nuestra sesión había terminado. Pero me recomendó probar su método al que llamó DEJA ZER para entender un poco más de qué estaba hablando.

Apenas cerró la puerta, hice ingresar a Laura, una chica agradable que tenía miedo de contarles a sus padres que estaba embarazada. Por fuera yo soy de piedra, pero por dentro pensé en la locura de tener un hijo a los 15 años, como tenía ella. Pensé inmediatamente en Melina, mi hija, que tiene 23 y en el insoportable novio que se piensa que se las sabe todas y es un pichoncito de 25 años que apenas puede volar. Disculpen, sé que me desvié del tema, no era eso lo que quería contar. Lo que sucede es que cada persona que entra en mi oficina me hace pensar en lo que tengo y lo que no, lo que quiero y lo que odio.

En este caso temí pensar en mi hija embarazada, así que disimuladamente toqué el borde de madera de mi silla y golpee 3 veces (aunque debería haber golpeado algo sin patas...pero no quería ser tan obvio y no soy un supersticioso extremista....podría sobrevivir sin eso un poco...luego lo haría como corresponde, por las dudas).

Ayer terminó mi día a las 18 horas, ya que dos personas no pudieron venir. Cuando salí de mi consultorio y estaba por subir al auto, me quedé quieto, pensando; me había ido fuera de mí. Estaba en otro lado, pensando en aquel nombre que no podía recordar. Hasta que me cayó la ficha y me dije DEJA ZER. Sonreí abruptamente porque es raro que alguien haga tal locura y encima asignarle un nombre un poco más que interesante y curioso.

Subí al auto y vine rápido hasta casa, cruzando las dos avenidas principales que separan a toda la ciudad de los barrios más alejados y tranquilos. Cuando llegué, abrí apresuradamente la puerta y caminé a paso acelerado por la entrada, tiré las llaves a la mesita que había a un costado de la puerta y bajé al sótano, donde ahora me encuentro, por esa angosta escalera sin baranda y de escalones de cemento bastante mal hechos, porque son angostos y altos y no permiten apoyar del todo el pié, quedando media suela del zapato sin apoyo. Demasiado peligrosos para mi edad... revolví entre cajas y polvo hasta encontrar mi último recurso. Un ajedrez que me había regalado mi padre unos días después de la muerte de mi abuela, hace ya más de una década.

Como dije antes, yo soy un tipo de piedra por fuera, soy una roca, no me muevo ante cualquier peligro que enfrente mi vida, hago saber a la gente que no le tengo miedo a nada. Aunque en realidad tengo mil problemas en la cabeza. Yo siendo Psicólogo tendría que ir a ver a otro compañero para que me ayude con algunos temas internos, pero como ingenuo con poder, no creo en la psicología que los demás pueden hacer sobre mí y menos en que un psicólogo con experiencia pueda ayudarme, porque yo me conozco lo suficiente como para saber cómo resolver las cosas. También hice la carrera de filosofía en casa, pero supe que eso no me iba a ayudar en este caso, porque requería de otras cosas, un poco más específicas y no tan lejanas como supongo que es la filosofía.

Por dentro soy débil, escéptico, aunque calculador en las situaciones que requieren de mí lo mejor. En fin, soy igual a mis pacientes, pero no puedo demostrarles eso a ellos.

Entonces al encontrar aquel tablero, lo coloqué arriba de la mesa; me serví un trago, encendí un cigarrillo y a duras penas conseguí colocar las fichas en su lugar. Digo a duras penas, porque siempre me confundí las posiciones del rey y la reina. Pensé que eso podía ser una fase del proceso DEJA ZER, (del que pensaba adueñarme como su propio autor e iba a registrar para ganar algunos premios si lograba sacar algún provecho de ello). Así que comencé. Jugué un rato, hice unas movidas, pero me di cuenta de que estaba haciendo ganar a las blancas muy rápido. Perdí el interés en el ajedrez una vez que había terminado el vaso de whisky y el cigarrillo. Subí las escaleras y fui a mi cuarto. Ahí estaba mi mujer, llorando desconsolada, porque hacía tiempo que yo no le hablaba. La miré a los ojos, como diciendo "hoy no mujer, estoy cansado", fui al baño, me cepillé los dientes y me acosté en la cama, sin poder dormir durante un largo rato. Tenía tantas cosas para decir, pero no sabía por dónde empezar. No podía decir todo junto, no podía explotar por ningún lado, porque siempre me dije a mí mismo, que mis problemas callaban en mi corazón. Nunca le dije a nadie que tenía algún problema. Siempre agaché la cabeza y seguí adelante.

Hoy me desperté raro, como si supiera que mi vida iba a cambiar, porque me propuse que todos los días antes de dormir jugaría al ajedrez y dejaría en ese cuarto todos mis problemas.

Lo que Ezequiel no supo nunca es que el sueño blanco no lo quita el café; no lo quita abrir los ojos, ni la bebida o el cigarrillo, sino descansar del camino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario