Este jueves, la propuesta proviene del blog de JUAN CARLOS
Estuvo caminando toda la noche, de madrugada. La ciudad realmente estaba desierta. Cada cuadra tenía sus negocios cerrados, cada hotel a su sereno, cada parada de taxi a sus choferes durmiendo. Sus pasos se oían en la cuadra e incluso miraba hacia atrás, de vez en cuando, porque pensaba que no eran sus pasos. Estaba un poco desorientada, por lo menos, así le pasaba cada vez que recordaba a su esposo. Abandonada, sin sus hijos... todo por un... por un amor que pensó que duraría para toda la vida... pero se había confundido y esa pasión prontamente se agotó. Había nacido grande y estaba dispuesta a morir pequeña, en algún rincón de las raíces de un árbol como el ombú.
Habían pasado días desde su desaparición. Se extravió durante dos días y... así, muchos días más se fueron acumulando uno encima de otro ¿Qué importa de dónde vino? Sabía que eso era lo que necesitaba olvidar. Tenía un vago recuerdo de haber cruzado dos ciudades enteras a pie. ¿O fueron más? ¿Dónde iba? Seguramente a ningún lado.
Entre las raíces que sobresalían de la tierra, se acomodó con su brik de vino y se dispuso a descansar de todo el camino que durante tanto tiempo había hecho, intentando olvidar aquello que su mente ni siquiera podía recordar... pero sabía que había algo para olvidar... estaba segura ¿Lo estaba? ¿Qué necesitaba olvidar? Necesitaba olvidar cada pregunta que se hiciera. Ya no quería tener respuestas para las cosas. Simplemente quería no tener conciencia. La llovizna de la primavera empapaba la ciudad muy despacito. La madrugada cedía paso a los primeros rayos de sol de un día de invierno. Las hojas del árbol ya prácticamente no existían y el viento se había llevado, de a poco, el colchón de generaciones de hojas muertas en el que ella dormía. Así como las hojas girando en la calle, cada una de sus preguntas y respuestas se fueron alejando de su mente, hasta que su mirada quedó perdida. Incluso, el día de hoy, sus hojas aún siguen dando vueltas por las calles.
Los chicos que iban al jardín la miraban cada vez que tenían que cruzar esa plaza para llegar a la institución. Y fueron años y años que ella vivió ahí. Nadie conocía su nombre. Era una extraña que, de tanto en tanto, recibía apenas un poco de cariño (sobre todo migajas de pan y restos de comida), sentía un poco de aquél que había quitado a sus pequeños hijos, que ahora seguramente vivían con el monstruo de su padre. Pero incluso, ya no lo sentía así. Ya no sentía nada por ellos. ¿Quiénes eran ellos? ¿Cómo se llamaban? Las hojas, una a una, cada vez más se alejaban con el viento y ya era tarde para volver a juntarlas a todas.
Un día (dicen los taxistas que la vieron) se levantó y no volvió jamás. A pesar de todo ella no tenía dónde ir, ni dónde regresar. Ella fue trágicamente deglutida por el camino equivocado.
Un niño de apenas 8 años conocía su historia, contó todo lo que sabía de ella en el colegio, frente a todos sus compañeros. Su papá ya no estaba con él y ni con su hermano mellizo, pero ambos hacían la tarea que debían entregar para la clase de Ciencias Naturales, olvidando por completo si tenían padres, si estaban vivos o si los dos habían sido deglutidos por el camino equivocado. La loca de su madre y el borracho de su padre.
El trabajo que habían hecho era excelente. Encontraron una hoja de ombú que estaba en el centro de la plaza donde ellos habitualmente jugaban, y la colocaron de portada al proyecto de la clase "¿Qué sabemos sobre el camino?" Y su tarea era observar lo que transcurría desde su casa hasta llegar al colegio. La hoja del Ombú estaba totalmente seca y sabían que en su pueblo no existía ese árbol, por lo que decidieron conservar aquel tesoro para siempre.


Hola: La historia es enternecedora y triste. Y muy bien descrita Pero la foto de este árbol es sensacional. Ver sus raices arañando la tierra como si no quisiera despegarse nunca de ella. Porqué la necesita, para respirar, para seguir viviendo quinientos o mil años más.
ResponderEliminarUna entrada perfecta y un comentario pobre. La imagen me ha podido.
Recibe un saludo muy afectuoso
Montse la verdad es que el comentario es de lo más acertador que podes hacer. Justamente detrás de la imagen del árbol se esconden esas cosas contradictorias en la madre. Alguien que evidentemente quiere desprenderse de sus hijos, pero que incluso simbolicamente sigue con ellos en esa hoja que ellos juntan, de un árbol que siempre estará aferrados a ellos. Gracias por venir y comentar! un beso!
Eliminaramén la tristeza, es un relato notable
ResponderEliminarsaludos
Gracias Omar! un abrazo!
EliminarMe ha ocurrido lo mismo que a Montserrat. De todos modos, con tu permiso, prefiero no mencionar raíz alguna que no sea de madera. Besos.
ResponderEliminarbuen relato Gastón....por lo demás me enternece doblemente por que me he criado frente a un ombú como ese donde jugaba a diario....Muchos saludos....
ResponderEliminarUna historia que ojalá sólo se diera en relatos y no en la realidad del día a día.
ResponderEliminarMe ha gustado que le dieras carácter protagonista al ombú.
El camino de esta mujer no fue nada fácil. Eso si, me gusta cómo nos lo narras y cómo cuentas, también, el ir y venir de las hojas del árbol, así como el final. Buen relato. Un beso.
ResponderEliminarMe ha gustado el relato de la mujer desorientada a la que todo le da igual pero que de alguna manera vuelve a encontrarse con sus hijos a través de la hoja del ombú.Lo que no tengo muy claro es si ella abandonó a su esposo y a sus hijos por otro amor que pensaba que duraría más o simplemente se desengaño del amor de su esposo.
ResponderEliminarMágico simbolismo el de esa hoja de ombú, conexión de esos niños con la madre que un día por circunstancias de la vida, dejó de tener contacto con ellos iniciando su caida por un tobogán que la llevó a los infiernos.
ResponderEliminarUn abrazo.
En la esquina de cada cuadra se desploma una vida y luego una redacción aletea a pie de las ostentosas raíces del ombú, junto a la hoja muerta, cae la otra hoja escrita.
ResponderEliminarEspléndido relato que junta, sin querer (o queriendo), raíces del mismo árbol que destino separó a lo largo de un camino.
Un beso.
Una historia con ese halo de trsiteza, con ese simbolismo de la hoja de ombú, árbol que nunca existió en el pueblo.
ResponderEliminarBuena historia, gracias por participar, amigo. Un abrazo.
Entrañable relato que marca un antes y un después, metaforicamente hablando. Excelente, me encantó. Un beso
ResponderEliminarCuántas historias secretas (o reveladas a medias) tendrán esos bifurcados caminos, que cada uno va trazando a medida que vive. El relato, mezcla sentimientos de ternura, desolación, realidades que duelen o alivian. Una historia fuerte, que guarda en una simple hoja seca, un cariño caduco... que paradójicamente, se viste de presencia.
ResponderEliminarBesos!
GAby*
Que bueno volver a leerte en los jueves, apareces con este relato que es magnífico en todo, desde su redacción hasta su historia misma es genial. Me deja un sabor amargo el final.
ResponderEliminarUn beso enorme.
Esos árboles impactan por su solidez y grandeza....Tu relato les hace honor.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo.