Recordar lo años de plata,
los de oro. Simples añoranzas.
Y de chico yo saltaba las baldosas
sin pisar las líneas para no perder.
O me proponía una meta,
como tantos otros chicos
y caminaba apresurado
antes que un auto que arrancaba en un semáforo
llegara a la meta antes que yo.
Habían mil cosas para hacer y las hacía.
Correr, esconderse y salvar a los amigos.
Tocar un timbre y correr para salvarse.
Apagar las luces del cuarto
y encontrar a los que se habían escondido
tratando de adivinar quién era quién.
La pelota era lo más común,
andar en bicicleta por la calle
sin que las madres no vieran.
Tan bien la pasábamos sin saber lo que realmente ocurría.
Tan dvertido era, y así eran todos los días.
La hora de un buen vaso de leche,
acompañado de las mejores golosinas,
la hora de jugar a lo que sea mientras se podía.
Jugar con el perro, caminar en la avenida,
salir de casa era una aventura extra
que nos proporcionaba la vida.
Pero entre pasado y presene no hay diferencias,
salvo que el juego espera a ser jugado
con las mismas consecuencias de la diversión.
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