




Hoy es 25.5.09. día festivo, se cumple el bicentenario de muchísimas cosas que fueron importantes para lo que hoy somos. Más allá de esas cosas, que pocos recuerdan con una escarapela en la solapa, (salvo porque festejan ya que se suma un día feriado a un lunes de poca importancia laboral) necesito contar algo. Más que contar, necesito hacer una cuenta regresiva de varios kilómetros.
Era un viernes como cualquier otro. El clima, había mejorado lo suficiente como para tener un fin de semana de la ostia. Había un tanque lleno de nafta, y corrían los primeros 3000 kilómetros en el tablero del auto nuevo, el Sandero. Estábamos Seba y Yo. El rumbo, si bien un tanto marcado con mapas y con claros destinos, era incierto ya que las decisiones se tomaban prácticamente al azar y en el momento, que a lo largo de este relato se perciben. Primero pasamos Santa Clara y varios lugares chicos. Fuimos a Mar Chiquita, antes de llegar a un peaje. Y pensamos en pasar la noche ahí (pero ya saben, nunca podíamos decidir nada. Toda decisión era incierta en algún punto, y eso favoreció mucho a que se den nuevas situaciones impensadas y totalmente divertidas). Bajamos a la playa, caminamos por la arena y fuimos directo hacia dos personas que estaban pescando. Esta buena gente, nos indicó varios lugares para pescar y para comprar carnada (me olvidé de comentar que éste era un viaje de pesca y de actividades al aire libre, pero seguramente ya se dieron cuenta de eso y no hace falta que lo explique). Luego de tener carnada, nos dirigimos a canal 5 que tenía poca agua, así que seguimos de largo hacia San Gabriel, ya que el que nos había vendido la carnada, nos había dicho que eran un buen lugar de pesca, y nos lo recomendó. Nunca nos dimos cuenta de que ya habíamos pasado el lugar, así que tuvimos que retornar, sufriendo por volver a pagar el peaje, pero por suerte no tuvimos que hacerlo. Llegando a San Gabriel, por un pequeño camino de tierra, nos dimos cuenta que los barrancos estaban cerrados. Seba se bajó y habló con una chica de unos 12 años, hija del medio de una familia de campo, que tiene los padres separados, tiene una hermana de 15 y otra más pequeña que iba a segundo grado. Los detalles surgieron en una conversación entretenida con ellas, y debatimos sobre lo lindo que es estar en silencio para nosotros (que vivimos en ciudad) y lo feo que es para ellos no poder jugar con nadie de su edad, porque están aislados del mundo, aunque siempre se entretengan con los tantos perros que tienen y con sus actividades al aire libre, colgándose de las ramas de los árboles y haciendo pulseritas para venderles a los turistas que van a San Gabriel a acampar durante el verano. Esta chica, llamó a su padre, para preguntarle si nos dejaba pasar, ya que para hacerlo debíamos entrar a su casa primero y luego seguir el camino en auto hasta el muellecito que había más adelante. No hubo respuesta en el teléfono, pero el padre llegó instantes más tarde. Cuando llegó, habló un largo rato con su patrón, mientras nosotros seguíamos contándonos cosas con esta chica. Al fin pudimos conocer al padre, que se llama Guillermo. Guillermo llamó a Daniel, el dueño del camping, y nos dio autorización para entrar y poder acampar. Eso, sin lugar a dudas, potenció la alegría que llevábamos para el viaje. Cuando la chica nos abrió la tranquera, le regalé un libro de poesía, porque me encantó la buena actitud y predisposición de la gente para con nosotros. Ni bien estabamos avanzando por el largo camino de tierra, Seba recibe una llamada... era Guillermo, que lo llamaba porque tenía una llamada perdida en su celular. La situación fue hilarante, porque le dijimos que nosotros lo habíamos llamado y que recién estábamos entrando en el lugar.
Llegamos al lugar. Estaba desierto. La tranquilidad era un silencio totalmente pacífico. Oscuridad y silencio, eran la clave justa para la paz, la pesca, el vino, los cigarrillos, la guitarra y las milanesas de Aida (la mamá de Seba), que son exquisitas. Primero tomamos unos mates con bizcochitos, mientras armábamos las cañas. Cuando Seba terminó de armar la suya, de poner la línea y de encarnar los camarones en cada uno de los anzuelos, me ayudó a mí, a armar la mía. De pronto, y de la nada, empezaron a aparecer varios gatos. En un momento, uno de los gatos comió la carnada, enganchándose el anzuelo de la caña de Seba. La caña se cayó al suelo y el gato, más que espantado y cagón, salió disparado del lugar con el anzuelo prendido en la carne de su boca, y se llevó consigo la caña de Seba, que sin pensarlo dos veces dijo la siguiente frase, en un tono más bien de calentura tranquila: “¿Vos viste lo que acaba de pasar?”. Yo sin poder creerlo todavía, me quedé en silencio con Seba, mientras escuchábamos como la caña se iba alejando y su calentura seguía creciendo cada vez que se alejaba a metros y metros de nosotros. De suerte que el gato hizo un giro en “U” y de pronto el ruido de la caña cesó. Fuimos hacia el lugar donde había terminado el ruido y con la linterna, por suerte, la encontramos. La línea estaba totalmente enredada y nos alegramos de dos cosas: primero, de que el gato se haya enganchado el anzuelo y se haya reventado la boca, porque realmente fue muy imbécil y casi hace del viaje algo un poco más aburrido. Segundo, de encontrar la caña.
De nuevo Seba hizo su línea y nos fuimos con un balde, las sillas y un vino a pescar. Ahí sin más fumamos, y tiramos muchas veces a la laguna, mientras tocábamos temas en la guitarra y tomábamos el vinito. La noche era calurosa, el clima ideal y estuvimos allí mucho tiempo, creo que desde las 7 u 8 hasta las 3 de la mañana. el lugar era paradisíaco, y nos inspiraba buenas charlas y pensamientos. Fue una lastima no pescar nada, ya que habían solamente lisas, imposibles de pescar.
Al otro día, nos levantamos y fuimos a pescar un ratito más al muelle que desembocaba muy adentro del lago. Pero seguíamos sin suerte. Comenzamos a levantar carpa y nos subimos al auto. El auto se había quedado sin bateria, así que pedimos ayuda a uno de los que trabaja ahí y empujamos el auto. Teníamos como rumbo San Clemente, pero antes pasamos por Villa Gesell, Pinamar y la Laguna de Madariaga. Los tres lugares eran lindos. Pero no nos quedamos a pescar ahí, ya que en todos lados el agua estaba baja, porque no llovía hace mucho. Fuimos a San Clemente. En Atención al Turismo, nos indicaron como llegar al camping. Fuimos hacia el lugar y el camping estaba abandonadísimo. Compramos carne en una carnicería y pan, para hacer un asado a la noche, que se acercaba muy pronto. Tiramos con una sola caña en el mar y la ciudad nos había disgustado tanto (por no decir que era una mierda) y nos fuimos. Sin saber qué hacer, emprendimos el regreso. Pensamos quedarnos en San Bernardo, pero nos pasamos de largo ya que no vimos la entrada y terminamos en Mar de Ajó, a pocos kilómetros de San Bernardo. Ahí nos mandaron a un camping y nos quedamos en aquel lugar. Hicimos la carpa y buscamos ramitas y todo lo necesario para prender un fuego para el futuro asadito. Seba iba a prender el fuego y fue ahí cuando se le rompió la piedrita que lleva el encendedor y dijo: “¿Será una señal de que no debo prender el fuego?”. El cielo estaba nublado, con un color ceniza, pero haciendo caso omiso a esto, directamente nos jugamos a prender el fuego. Una vez que iba prendiendo se largó a llover. Metimos todo lo que pudimos en la carpa y nos quedamos ahí un rato. No mucho, y al final, con actitud, muchísima actitud, nos paramos debajo de la lluvia y seguimos haciendo el fuego. La lluvia paró y comenzamos a hacer las brazas para el asado, que (de más está decir) estaba increíble. La carne en su punto justo. Comimos un kilo y medio entre los dos y lo disfrutamos muchísimo, mientras unos Tocornales lo acompañaban. Nos quedamos toda la noche en el camping, sin ir a pescar, y eso tampoco estaba en nuestros planes. Era sábado y no sabíamos que hacer. Así que seguimos alimentando el fuego con troncos que sacamos del piso que cumplían la función de estacas y yo corte varias ramas de algunos árboles secos. Así estuvimos hasta las 3 de la mañana prendiendo fuego, tomando vino, fumando y guitarreando.
Al otro día, es decir, ayer domingo, lo que sucedió no fue nada raro. Nos levantamos al mediodía y el día seguía nublado. Decidimos partir enseguida del camping para ir al muelle a pescar. Pero en vez de eso terminamos en la playa, pescando desde la orilla con líneas de fondo. El día estaba nublado y se largó a llover. Estuvimos pescando debajo de la lluvia una hora, empapándonos un poco, pero nada grave. De vez en cuando nos íbamos abajo del muelle para secarnos un poco. Pero terminamos bajo la lluvia, hasta que cesó de una buena vez y para siempre. Entonces en ese momento Seba saca un pescadito, todavía sin identificar ya que no sabíamos qué carajo era. Eso volvió a potenciar la alegría del viaje, porque era lo único que nos hacía falta para terminar con un viaje perfecto. A las 5 de la tarde emprendimos el regreso, ya que habíamos tomado varios termos de mate en la playa pescando, desde el mediodía hasta las 5. entramos en un de los pueblitos, cargamos nafta y volvimos a Mar del Plata.
San Clemente es una cagada, es un pene, es una ciudad fálica...aguante el viajecito...
ResponderEliminarSan Clemente es glande, y no soy chino!!! San Clemente me inspira cabeza de pene, esbozos de escroto y piscas de prepucio. San pija te quedaría mejor, ciudad poronga!!! Es un pueblo verga, pero hay que reconocer algo: venden un asado de la ostia, del pepino, de la puta madre. Como buena ciudad fálica tiene su lado pulsional: la carne es orgásmica...
ResponderEliminarAh! me olvidaba de algo clave. La pesca estuvo floja en general, tan floja que picaron más mamíferos que peces: un gato, un perro y un pez. Ganaron los mamíferos 2 a 1...
ResponderEliminarseba...sos groso...te banco!!! me mato lo de esbozos de escroto y piscas de prepucio...jajaja...san pija...seeeeee!!!.....ganaron los mamiferos...seguro...el mejor comentario hasta la fecha...habra alguno que lo supere!?
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