Corría el año 1820. Eran tres hermanas las que sobrevivían de lo que vendían en la librería de su padre. Una de ellas amaba el huerto y cultivar todo tipo de plantas. La otra era una perfecta ama de casa, cocinaba, planchaba y dejaba todo inmaculado. La madre, Sandra, por la tan temida neumonía del invierno pasado, había fallecido sin poder despedirse de nadie, una noche de lluvia.
Fue entonces que el padre se vio obligado a hacer contratos verbales con la gente del pueblo. Quería que sus dos hijas, ya mayores de edad, se fueran de su casa en matrimonio. En cambio, de la pequeña Rocío no hablaba. Ella tenía que quedarse en casa, cuidándolo a él.
Rocío creció con tantos libros encima que la biblioteca que su padre tenía ya le quedaba demasiado chica. Todas las historias le encantaban, pero había una que, tenía entendido, su padre jamás había leído. Era una historia de amor. No había autor, ni fecha de publicación y el libro estaba escrito a mano. Era, sin que lo supiera, una autobiografía.
Una noche mientras terminaba de lavar los platos y su padre se dirigía a la habitación, se puso un tapado de lana encima, robó dos cigarrillos de la cigarrera de él y se fue hacia la biblioteca.
Allí encendió una vela y con ese mismo fuego, un cigarrillo. Tomo aquel libro y comenzó a leer. Entretenida por los detalles que abundaban, se fue metiendo en la cabeza de aquel personaje. Fechas, cartas, notas de amor. Sin querer se emocionaba con todo lo que leía.
"-Gerardo, esta tarde fue estupenda. Estar con vos me hace sentir especial. Pero no sé que me pasa -le dije-
- Estás bien? -me preguntó él.
- Ayer... ayer me di cuenta que amo a otra persona. Lo amo a Franco. Mañana me voy de viaje con él y no voy a volver.
Era imposible que entendiera. Lo tuve que dejar ahí, con el corazón destrozado. Yo no tengo encantos, pero no puedo ser algo que no soy. Franco es mi vida. Me deja vivir, me deja reirme y salir, me ayuda en lo que ningún hombre desea ayudar a una mujer. Yo confieso que... tuve que decirle yo la cosas. Él sólo me miraba... me miraba con esos ojos azules tan seductores, y sonreía... su sonrisa me encanta. Es un caballero. Pero tan tímido como las pequeñas antenas de un caracol. Al menor roce sabía que lo volvía loco y se escondía. Me desea tanto que siento que se anula. Le tuve que decir que lo quería mucho y que me gustaba mucho... y él me confesó que me amaba hasta el infinito y no quería arriesgar nuestra amistad al decirle eso. Era tanto su amor hacia mí que temía que cualquier falta que tuviera conmigo me haría enojar o me haría alejarme de él, o incluso temía hasta el más mínimo daño que me sucediera. Era un tesoro para él.
¿Tan difícil es decir lo que uno siente? Estar enamorado es algo que pasa tan pocas veces en la vida... Pero claro. Yo lo entiendo. Él temía por nosotros. No quería alejarme si a mí no me pasaba nada. ¿Me hubiera alejado si me hubiera dicho que me amaba? Sería absurdo..."
El libro de su madre la consumió para siempre. El cigarrillo se apagó y quedó allí, posando como una evidencia, en el cenicero de la biblioteca. El libro había quedado cerrado, pero su vida... su vida ahora tenía las puertas abiertas. Su padre no hubiera querido aquel final, pero sabía que su hija, tarde o temprano, también se iba a ir, para encontrar lo que él había vivido con tanta pasión. Un sonrisa le marcó el corazón y con una lágrima asomando en la comisura del ojo, cerró la puerta de la biblioteca y dio vuelta el cartel: "Abierto- Bienvenido al Escape de Sandra. Si usted no comprende la historia de otros, anímese a crear la suya".

No son pocos los que habiéndose dado el gusto de vivir en libertad, tal como sintieron cuando jóvenes, después -tal vez sin darse cuenta- culminan siendo tiranos frente a los sentimientos de sus seres queridos. A nadie le gusta sentirse solo, pero eso no puede impedir la felicidad ajena.
ResponderEliminarUn abrazo juevero -hoy dominguero!-
Interesante, historia. La hija menor se inspirará en la trangresora historia de su madre, para desafiar la regla impuesta por su padre, diferente a la regla impuesta a sus hermanas. Eso se insinua.
ResponderEliminarGenial! Espero que Rocio rompa todas las reglas!! Se trata de ser feliz nada mas! ;)
ResponderEliminarNo sé si será capaz de correr en busca de su propio destino pero ahora sabe que su padre entenderá que quiera hacerlo. Cada uno debe buscar su propia felicidad y los demás deben respetar las decisiones.
ResponderEliminarUn beso.
Su madre dejaría ese relato para ella?, su padre sufrirá, pero también se alegrará de que su hija se vaya y encuentre lo que él encontró, el amor siempre se impone contra toda regla, miles de besosssssssssssss
ResponderEliminarSubrepticiamente, rompió reglas, de esas que pueden pasar desapercibidas. Mas a través de esa lectura, llegaría a romper la regla más fuertemente mantenida en su hogar, y quizá, la más importante para cualquier ser: la de vivir su propia vida, buscar su propio rumbo...
ResponderEliminarMuy buen relato, con ese aire de familia "chapada a la antigua", donde las normas parecen ser herencia de generaciones, hasta que viene alguien con mente abierta, y zas! las rompe!
Besos: Gaby*
Muy buena y excelente historia me ha encantado, vaya vamos a romper las reglas sin hacerle daño a nadie que eso realmente es muy bueno
ResponderEliminarLa regla mas difícil de romper, la que se encuentra en el seno familiar.
ResponderEliminarAnimarse a vivir la propia vida a veces parece una traición, cuando de culpas se escoge en la familia.
Que interesante lo que has planteado Gastón.
Un beso.
Su padre la entenderá, él vivió su historia y el día que ella decida dejará su egoísmo de lado. No rompe una norma, más bien una ceguera transitoria... :)
ResponderEliminarBesos!!
Una historia de transgresión más real de lo que a simple vista nos puede parecer.
ResponderEliminarPor qué nos cuesta tanto entender que los hijos crecen,que son adultos y que debemos dejar que vivan,que se equivoquen y que acierten?precioso relato.
ResponderEliminarCuando desde la propia familia, se axfisia la libertad de los qué solo quieren poder elegir como vivir su vida,resulta muy difil conciliar las partes, darle la posibilidad de errar...o acertar, es dejarlos crecer como personas y contribuir a la felicidad de los nuestros.
ResponderEliminarBesos amigo.
Rocío tiene derecho a volar y vivir su propia vida. A menudo los padres olvidamos el hecho de que los hijos no nos pertenecen, les damos vida, pero esa vida es exclusivamente suya y tienen derecho a vivirla de la forma que elijan.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo.
Una biblioteca siempre te pone a disposición el abrir caminos
ResponderEliminarUn abrazo
con eso de que tengo la semana entera para leer los jueves, voy lento, sin agobios. es mejor. creo yo. bueno, he llegado al texto de gastón. y gastón me muestra la sabiduría, en cualquiera de sus formas, el conocer si uno quiere, en cualquiera de sus formas. y saber, por lo general, puede ser la llave que abre comportamientos estáticos, carcelarios, si uno lo quiere. el saber puede muy bien abrir esperanzas, sueños, claridades, puede abrir mundos insospechados.
ResponderEliminarme gusta la idea de romper normas vista la idea así.
medio beso, gastón.
Al final lo que tiene que pasar pasa, y aunque el padre quisiera que se quedara con él, ese descubrimiento le hizo ver la vida con una mente más abierta y querer descubrir otro mundo que no es el espacio cerrado en el que vive. Le fue bien en este caso transgredir las normas.
ResponderEliminarUn abrazo
Me encantó esta historia, esas ganas de romper las reglas y buscar su felicidad corona un relato perfecto.
ResponderEliminarMe costó mucho poder comentarte!!! No me dejaba ver la página completa.
Un besote y buen finde :)
Buena historia y desde luego que a pesar de situarla en los años que la situas, puede ser actual, los padres ,por amor, a veces imponen normas que una vez que los hijos les comentan, entienden que ellos han de dar libertar y dejarlos vivir su vida y ser felices.
ResponderEliminarBuen jueves en domingo.
Un abrazo.