Apenas vio aquella vieja caja comenzó a imaginar. Vio las tijeras y sus pesamientos volaron hacia los primeros meses de aquellos años, conocía a uno, conocía a otro y jamás encontraba al indicado y sin conocerse dejaba que se entretuvieran con su cuerpo, mientras también disfrutaba de los ratos de compañía. Aunque la tijera sabía que la hacía sentir infeliz, todo terminaba con tan sólo ingresar el índice y el pulgar en aquellos dos huecos para abrir y cerrar la historia sin vuelos.
Vio las agujas, una al lado de la otra en un cilindro plástico blanco. Se inquietó bastante al pensar en que allí estaban todos sus dolores en distintos colores. También encontró el papel para los moldes, moldes de ropa que nunca encajaba en ningún cuerpo, talles cortos para personas largas. Luego vio los hilos con los que supo cocer las heridas de los meses en que se había sentido loca, desamparada. El hilo abundaba para todas sus heridas y tenía de más por si acaso. Una pequeña tiza y un crayón negro servían para dibujar las siluetas de aquellas personas que habían dejado un retrato de su torso en aquella habitación. Horas y horas cociendo, dedicando su tiempo a la fácil imaginación de vestir a la gente sin poder desvestirla jamás. Olvidada en su rincón lleno de espejos, frente al bosque, al mar y su playa deseada. Allí, entre las pinturas de un amigo aún más loco, ellá prende un sahumerio y recuerda los meses en su costurero, que se llenaba de hilachas y desbordaba de cierres, que no encontraba pareja de botones y todos estaban sueltos y eran infinitos.
Sus sueños empañaban el vidrio y el sol dejaba estelas anaranjadas en el horizonte mientras se escondía en el oceano.
Ella, cavilaba. Estaba allí, insegura de tantas cosas, aunque feliz de sus recuerdos de satisfacción. Los meses en su costurero se llenaban de cosas impensadas, de pelusas, de pequeños cortados hilos, de ojales para bailarinas japonesas. La seda, el algodón, sus pañuelos... allí todo era un santuario que prentendía hacerla recordar. Mientras tanto, la vejez y la soledad acababan con ella, con alzheimer en las manos, con fineza en la costura... cocía sus heridas para no dejar huellas.


Un viejo costurero para encerrar una vida con sus artilugios todos, con sus más mínimos botones y dedales, hilos sueltos y rotos y descosidos.
ResponderEliminarMuy bello símil has bordado, besito.
Es imagen tengo yo cuando veo las cajitas con botones antiguos... cuántas ropas los han tenido cosidos, cuántas personas los han abotonado y desabotobado, tantas veces...
ResponderEliminarSencillo y terno, nostálgico y triste...
Beso.
estoy leyendo que tienes publicaciones! buena onda! te fue dificil?
ResponderEliminarHilos y tramas que "trama la vida", y no siempre el tapiz queda como nos gustaría.
ResponderEliminarMe gustó el relato.
Abrazos Gaston.
NATALIA: se me vino cruzando la idea, era esa caja y bueno, me animé a ponerle una historia o varias... porque las tiene... un besito!
ResponderEliminarVERO: ¡que bueno! entonces no soy yo el único loco que piensa eso! jeje... trate, como de costumbre, de abarcar todas las posibilidades, pero siempre se me descocen varias! es cuestión de hallarlas por ahí... un besito
SPAWNY: no me fue difícil por suerte, igual tengo una sola por el momento, ahora estoy intentando terminar la segunda, una novela, pero no es dificil, es que hay que trabajar las ideas, dejar todo bien escrito, porque las cosas así nomás no me gustan... así que durante un año las vengo reescribiendo y dandole forma con mi editor.
ADRIANA ALBA: ¡Cuanta verdad! no siempre queda como nos gustaría... pero bueno, es cuestión de ir cociendo lo más parejo posible esas líneas! jaja...un besito!