Él obedecía el ritual, y en la vieja radio escuchaba jazz, una hermosa melodía de Dexter Gordon, disfrutaba el saxo suave mientras hacía ecos en las paredes de aquella lúgubre habitación. La púa en su tocadiscos hacía pequeñas huellas de arena en la melodía, como si el jazz tuviera una brisa veraniega y aire de mar, o de río y agua dulce... pero sonaba así, aquietado por la belleza de aquel precioso momento. En su cajón estaba la carta que no deseaba leer y varias fotos de su pasado menospreciado. Ya sabía que en la botella no quedaba más vino, que allí el lugar lo ocupaba su último barco y la nota que deseaba guardar para siempre. El corcho guardó aquel museo de paciencia y prohibió que el agua intrusa empape el mensaje cuando fue arrojada al mar.
Aquella luz, aquél rincón de todos los espacios, habitando en todos los lugares... ese rincón especial, donde se sentaba ese viejo canoso, ese hombre con sabiduría en sus oídos, jazzeando con su mano y su pié el ritmo inexistente de una bateria, acompañaba el ritmo con su cabeza y los ojos cerrados, imaginando estar allí presente, con esos músicos, codeándose con su grupo, tocando para el baile de gala... estaba en una película real, en un escenario perfecto. Allí, su cigarrillo, haciendo sombra y humo en el cenicero, reposando sobre el débil cuero de su sillón gastado.
Allí, recobrando vida en aquél rincón de todos los espacios, de todos los días, de sus últimos momentos también. Era consciente de que los pájaros estaban arrinconados y con frío en su ventana, mientras esperaban que la lluvia calmara la ansiedad de sed de aquel pequeño bosque que tenía enfrente. La noche envejecía una vez más, la luna se lucía con su perfecta redondez y su luz amarillezca. Juntó los versos dedicados a su difunta mujer, y los dejó desordenados en la mesa, esparcidos sin más... como formando cierto rompecabezas de puras fichas que no encajaban. Gozaba de su soledad, de su temperamento, de sus razones para estar así. Allí estaba, en aquél rincón... el rincón que ocupaba todos los espacios. El rincón que la púa jamás tocó.
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