Tuvo placeres,
remedios caseros para el mal,
el corazón roto, té dulce y café molido para ella.
Un pensamiento inmaduro,
razones de chicos, infantiles...
y ella rumiaba cansancio.
Hombre dócil, frágil, domado...
ya su canción tuvo fin hace siglos
y hoy se cree un idiota valiente.
Hombre dócil sin conquistas,
carne podrida que se oxida,
hunde el pie en el fango sin dejar huellas.
Tuvo placeres,
el más grande:
morir.
Un poema muy amargo, como el café de ella, pero decir que para más de uno el morir es un gran placer.
ResponderEliminarPetó
Hombre gris, en definitiva!...claro que también son muchas las mujeres en esos trances!
ResponderEliminarHermoso y duro tu poema!
un abrazo.
Te envie un correo para darte las pautas a seguir con lo que me pedias en mi blog.
ResponderEliminarPrimavera
Tenemos tres cosas en común Somos bloggers Mar del Plata y somos argentinos. te sigo desde Miami
ResponderEliminarbeso
Me hizo recordar a Natalio Ruiz... el hombrecito de sombrero gris...
ResponderEliminarTe acordás?
Abrazos Gastón.
Desapercibidos hombres y mujeres, nacen y mueren y no dejan ninguna huella... pero tampoco se preocupan o revolucionan para poder dejarla ¿carentes de espíritu? ¿sin valor, ansia o empuje?
ResponderEliminarTal vez, muertos ya antes de nacer... Quizá hubiera sido un placer conocerle, señor; si algo hubiera tenido que decir.
Besito.