"¿Otra vez el mismo sendero?" gritó el hombre para adentro. Se había perdido en lo que, fácilmente podría llamar "laberíntropo". Aquella vez, el acertijo había sido distinto. No tenía que entrar para encontrar un lugar, sino salir para escapar. Punto de partida, el centro, su ego. La puerta era la única salida, luego esta se abría en dos posibilidades, luego en cuatro, en ocho, en dieciseis y así quien sabe si hasta el infinito. El hombre caminaba y en cada pasillo se sentía asfixiado, corría a todos lados, abría puertas y entraba en todas, no pensaba lógicamente sino que estaba amenazado, su cuerpo temblaba, su corazón latía agitado, se sentía atrapado y solo, con ganas de salir al mundo. ¿Y si ese era su mundo? Detrás de cada puerta estaba la misma pregunta ¿Al fin veré la salida? y así seguía todos sus días. El laberintropo, ya estaba especializado, tenía título de laberintropo. Conocía el terreno como la palma de su mano, disfrutaba estar allí adentro, como rey absoluto; no quería que nadie más que él estuviera allí. El laberintropo conocía cada puerta y sembraba dudas al abrirlas... ¿será esta la última? y deseaba que así no fuera.
El hombre todavía corría y no comprendía hacia dónde tenía que salir y tampoco qué era lo que indicaba que eso era una salida...todo parecía igual en ese laberinto hecho a su medida. Durante toda su vida había hecho las cosas mal, no había forma de que pudiera remendar las cosas. La única vía fue la muerte y para colmo le tocó un infierno del cual supuso que debía escapar. Un laberinto hecho a la medida del daño que había causado.
El laberintropo estaba contento. Al fin sentía que había hecho una obra maravillosa. Observaba de un lado a otro y todo era igual, era rutinario. Un día, pensó en dejar de inventar puertas y así lo hizo. Se cansó de trazar pasillos con salida y sin salida. Sabía que existía una sola salida en todo el perímetro, tenía conciencia exacta de no haber cometido absolutamente ningún error. El camino de salida desde su origen era muy simple para alguien que sabe de laberintos, pero para un hombre desesperado no. Entonces, se quedó fuera, esperando que alguien saliera, sin haber visto alguna vez a algún hombre, pero sabía que tarde o temprano su gran laberinto iba a ser usado.
El hombre venía caminando y vio algo que no había visto nunca en aquel laberinto. Un espejo. Lo miraba sin reconocerse. Estaba paralizado ante aquel objeto, tanto que por un momento se olvidó de buscar la salida. Pensaba que aquel espejo ya era la salida, ya tenía a alguien con quien compartir una mirada, aunque le parecía desconocida esa imagen. Desconfiaba de él. Su cara era similar a una de sus tantas víctimas cuando él las violentaba. Con furia tiró el espejo y lo partió en mil pedazos. Sabía que estaba cerca de la salida y se quedó pensando para no cometer ninguna equivocación. Había llegado al punto en que las probabilidades de salir por la puerta correcta alcanzaban los números imaginarios. ¿Será la última? ¿Será mi libertad esta?
Abrió la puerta....
y ahí estaba...
él, reflejado en un espejo más grande. Otra vez era víctima de sus propias hazañas. Ahora se sentía más cerca de la salida.
Abrió otra puerta... y las probabilidades de que esa puerta fuera la indicada aumentaban, como los decimales del número Pi, llegando hasta el infinito.
Años y años duró su tortura, en la cuál cada vez se sentía peor, con más hambre pero sin morir, con más soledad y angustia, cada vez más cargado de dolor, de las sensaciones más horrendas que podría sentir cualquier hombre.
Un día, por fin, encontró la última puerta. ¿Es esta?
Encontró al laberintropo durmiendo.
-¡Ey! ¡Ey! ¡Ey! ¿Qué es este lugar? ¿esto es afuera?
-¿Por qué no podías esperar a que me despierte?
-¡Hace años que estoy perdido en ese laberinto! ¿Qué es este lugar?
-Bueno, no hace falta que te enojes, pero fui yo quien te metió dentro del laberinto, fui yo quien lo construyó y soy yo quien te tiene que decir que lo que ves acá es el afuera. Pero ¿cómo podes diferenciarlo?
-Porque es distinto a lo que había ahí adentro.
-Muy bien, pero es exactamente igual, porque ahora para salir de este espacio, tenés que atravezar dos laberintos más, similares a este y recién ahí está la puerta. Me tomé las molestias de venir hasta acá así te explicaba como era. Sino creo que no podrías salir más. Y no quiero a nadie perdido. Todos tienen que saber esto.
-¿Todos?
-Sí, todos los que hicieron mal.
-¿Hay más gente acá?
-Podría haber más gente, pero yo decidí aislarte a vos por un buen tiempo. Te hice carne, y por eso no te reconoces en un espejo. Te pareces extraño. Yo me llamo OMAR o MORA o ROMA o RAMO o AMOR.
-Yo... yo no sé como me llamo.
-Tu nombre es DOLOR.
-¿o?
-O dolor...no tenés otra forma de transformarte en algo distinto. Sos siempre igual y cuando estas delante tuyo simplemente pensas que cambiaste, pensas que ahora sos más fuerte, pensas que nada te afecta, pensas que porque te conocen todos vas a afectar menos...
-¿Y ahora que hago para cambiar?
-No sé...yo te podría mandar a esos dos laberintos que te quedan...
-¿Y a dónde se dirigen?
-Eso no te lo puedo decir. Nunca hay que darle esperanzas al dolor.
Y este hombre se fue preocupado, angustiado, amargado, pesado, aburrido, conformista, rezagado por la puerta de la salida del nuevo laberinto. Ahora corría por cuenta propia su destino. Espero que nunca haya llegado a casa. De lo contrario, tendría que haber inventado más laberintos.

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