No suspiraba...
Estaba paralizado, temblaba.
Era antes cuando quería hacer las cosas,
era después cuando no hacía nada.
Entonces recordaba su pasado,
añoraba esas pequeñas tonterías
que le devolvían felicidad amarga, aunque lo sabía
quería volver a ser un sufrido, un olvidado.
Era la canción que no acababa de sonar y ya se estaba repitiendo,
el desesperado actuar sin pensar las consecuencias
de los próximos actos, próximos pensamientos,
ya no importaba más que hacerse sentir bien, no pudiendo.
Durante los próximos años, disfrutó todo,
pensó que amaba la soledad,
cuando en realidad tuvo que, forzosamente, acostumbrarse a ella
y nada era un remedio para conseguir paz.
¿Cómo sabemos que nuestras decisiones son las verdaderas cosas?
¿Cuál es nuestro motor de cambio?
¿A qué le tenemos miedo si actuamos para matarnos?
Un recuerdo tuyo pasa equivocadamente, sobre mis ojos y me aterra.
Desdichado quedó, olvidado como un libro lleno de polvo,
entre mareas de humo la gente caminaba
y él, sin ser recordado, anhelaba
volver el tiempo atrás y regresar triunfal a su lugar.
Las huellas de la memoria, de los recuerdos, no pueden pisarse dos veces, pero están en nuestros ojos aún durmiendo, sólos con nosotros mismos. La fecunda soledad de silencios imposibles lleva músicas, algunas pasadas de moda que tarareamos sin notarlo, un gusano que roe las entrañas. Trampa mortal, quietos y la puerta abierta, la vida delante, y dudamos si respirarla, nos da miedo salir de la cáscara, un sofá. Actuamos para vivir con sus pasos adelante, uno y después el otro, aterrorizados a veces despreciamos un pájaro, una espuma, una sonrisa, paramos motores, tragamos saliva. ¿Por qué siempre leemos el mismo libro? nos lo sabemos de memoria, lleno de polvo. Letra a letra, ponemos un argumento nuevo, abrimos los ojos a ese cielo, nos mojamos de lluvia, nadamos, comemos con apetito platos nuevos, arranca motores, engrásalos con curiosidades, entre la gente camina, paso a paso, que un día morirás, lo sabes, pero para la vida se ha hecho el hombre, equivocándose sin muchos remordimientos, los justos.
ResponderEliminarBsitooos, este poema encierra muchas claves, no sé si he acertado a adivinar alguna.
Hola Natalia, no te voy a mentir, pero me sacaste una sonrisa... quizás este poema encierra muchas cosas, pero creo que estuviste mal en decir "no sé si he acertado a adivinar alguna"... yo creo que haz tocado todo lo que implica este poema, y es más entendí muchas de las cosas que dijiste...haciéndome repensar lo escrito abruptamente en un estado casi de nebulosa.
ResponderEliminarJamás hubiera pensado lo que escribiste de esta forma: "¿Por qué siempre leemos el mismo libro? nos lo sabemos de memoria, lleno de polvo..."
YO SIEMPRE IMAGINE, SIEMPRE! QUE UN LIBRO LLENO DE POLVO ERA UN LIBRO QUE HABÍA QUEDADO ABANDONADO, QUE NUNCA LEÍMOS, O QUE LEÍMOS Y HA QUEDADO OLVIDADO PORQUE NO NOS DIERON GANAS DE VOLVER A LEERLO NUNCA MÁS... que intriga...o sea un libro lleno de polvo es uno que sabemos de memoria...la memoria asociada al libro, al polvo, a los recuerdos...
Gracias por tus palabras! un beso!
Vamos de piropo en piropo, joven amigo Gastón.
ResponderEliminarMe alegra sugerir, no pontificar !jamás! que eso de la letra cada cual la ve con polvo o nítida o borrosa, ahí la gracia. Con gafas graduadas o con las dioptrías asumidas que dan mágia, no sé.
La memoria nos la llevamos en la espalda, como la mochila, somos esa memoria o no sabemos donde estamos, pero...ya sabes, delante el camino también polvoriento ¿Pontifiqué? pos la cagué, lo siento.
Otros ojos, como los tuyos, han vivificado y dado luz a mi relato del café, con más aromas y penetrando en él, nunca jamás soñaría mejor lector.
Gastón, tengo hija de 25 e hijo de 29, me encanta la juventud, nadamos aguas parecidas, aunque no sean del mismo mar,dicen que el río simepre trae agua nueva, imposible beber del mismo cauce !ave!. Bsitoooo.
Dicen que el agua del río siempre va a parar al mar...
ResponderEliminarBueno, igual la entrada de arriba también sugiere algo parecido...
un beso...