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lunes, 7 de diciembre de 2009

Una sana locura

Relato la forma que me ayuda a recordar,
dejo de lado el corazón, en otro lado el espíritu.
Me aislo, me abstraigo,
por así decir, me aniquilo.

Y entonces cuando toco la nada, la nada absoluta
me retraigo más aún, me abstengo de sentir.

No pienso, no digo, no hago.

Simplemente llego a un estado, difícil de explicar, de escribir.
Pero estoy absolutamente seguro de que llego, lo sé. Lo siento.

Y al sentirlo, suceden dos cosas extrañas, pero conocidas:
O me calmo y me colmo de paz, de tranquilidad, sereno, relajado,
o me ahogo, me angustio, me sofoco, me siento prisionero.

La locura está en aquellos que se animan a cruzar el ancho de la existencia,
y recorren todo camino, golpeando con las esquinas de la personalidad,
la esquina es el extremo, es el más allá,
es sostener la irrealidad dentro de la existencia real.

No es más que eso, esas dos cosas.
De dos cosas está hecha la locura:
de paz, de angustia.
Un estado en donde no pienso, no digo, no hago.

Yo me pregunto:
¿Cuánta gente no ha podido volver a la realidad
al haber vivido ese estado de extremidad?
y otra cuestión:
¿Cuánta gente desaparece del mundo
al sentirse así?

¿Suponen que la solución,
ustedes los cuerdos,
está en pensar, decir y hacer?
¿La solución es pensar para nosotros
decir a los demás y hacer a los demás o con los demás?
¿La solución es el poder?
¿La solución es poder?

La duda está generada en la extremidad de este estado,
que lidia entre la paz y la angustia.
El extremo de todo ser, donde la balanza se inclina.
El punto justo: una sana locura.

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