Qué maldita es la honestidad:
decir las cosas para hacer bien
o hacer mal.
La honestidad sirve para creernos justos,
pero sólo para aparentarnos a nosotros como justos.
Sirve para hacernos los mejores ciudadanos,
para creernos lo mejor.
Pero cuando de honestidad se trata,
a veces, sin querer uno mete la pata.
De tan justos que pensábamos que éramos, terminamos siendo tremendos garcas.
Y las explicaciones se ahondan en mentiras, entramados sin salida.
Y después de ser honestos
no nos queda mas que arrastrarnos por el suelo.
Reclamando perdones a Dios mirando al cielo
y jurando nunca volver a hacerlo.
Si tuviera que decirlo, no lo haría.
El silencio es menos dañino que la mentira,
por lo menos genera duda, intriga
y nos hace interesantes, cuando el otro se da cuenta y piensa que no mentías.
Pero dar consejos en esta materia es una tarea para expertos
yo sólo me limito a advertirlos.
Les gritaría a todos, y susurraría en los oídos,
pero a decir verdad, prefiero quedarme en silencio.
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